Transhumanismo

El transhumanismo (abreviado como H+ o h+) es un movimiento cultural e intelectual internacional que tiene como objetivo transformar la condición humana mediante el desarrollo y fabricación de tecnología ampliamente disponibles, que mejoren las capacidades humanas, tanto a nivel físico como psicológico o intelectual. Los pensadores transhumanistas estudian los posibles beneficios y peligros de las nuevas tecnologías que podrían superar las limitaciones humanas fundamentales, como también la tecnoética de desarrollar y usar esas tecnologías. Estos especulan sosteniendo que los seres humanos pueden llegar a ser capaces de transformarse en seres con extensas capacidades, merecedores de la etiqueta “posthumano“. La salvación de la humanidad reside en la tecnología, los propios problemas que la tecnología genera solo pueden solucionarse con más tecnología. Su idea es desarrollar tecnologías que solucionen los problemas de la humanidad, y no causen más problemas. No hay naturaleza humana, no hay ningún orden divino, todo puede cambiarse.

El significado contemporáneo del término transhumanismo fue forjado por uno de los primeros profesores de futurología, FM-2030, que pensó en “los nuevos conceptos del humano” en La Nueva Escuela alrededor de 1960, cuando comenzó a identificar a las personas que adoptan tecnologías, estilos de vida y visiones del mundo transicionales a “posthumanas” como “transhumanos”.3 Esta hipótesis se sostendría en los trabajos del filósofo británico Max More cual empezaría a articular los principios del transhumanismo como una filosofía futurista en 1990, y a organizar en California un grupo intelectual que desde ese entonces creció en lo que hoy se llama el movimiento internacional transhumanista.

Las ideas fundamentales del transhumanismo fueron planteadas por primera vez en 1923 por el genetista británico J. B. S. Haldane en su ensayo Dédalo e Ícaro: La ciencia y el futuro, que predijo que los grandes beneficios provendrían de las aplicaciones de las ciencias avanzadas a la biología humana. En particular, él estaba interesado en el desarrollo de la ciencia de la eugenesia, en la ectogénesis (la creación y la sostenibilidad de la vida en un ambiente artificial), y en la aplicación de la genética para mejorar características humanas, como la salud y la inteligencia.

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El biólogo Julian Huxley es generalmente considerado como el fundador del “transhumanismo”, acuñando el término en un artículo escrito en 1957:

“Hasta ahora la vida humana ha sido, en general, como Hobbes la describió, “desagradable, brutal y corta”; la gran mayoría de los seres humanos (si aún no lo han muerto jóvenes) han sido afectados con la miseria… podemos sostener justificadamente la creencia de que existen estas tierras de posibilidad, y que las actuales limitaciones y frustraciones miserables de nuestra existencia podrían ser en gran medida sobrellevadas… La especie humana puede, si lo desea, trascenderse a sí misma – y no sólo de forma esporádica, un individuo aquí de una manera, un individuo no de otra manera, sino en su totalidad, como humanidad.”

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En 1998 los filósofos Nick Bostrom y David Pearce fundaron la World Transhumanist Association (WTA), una organización internacional no gubernamental que trabaja por el reconocimiento del transhumanismo como un objeto legítimo de la investigación científica y la política. En 1999, la WTA redactó y aprobó laDeclaración Transhumanista. The Transhumanist FAQ, preparado por la WTA, dio dos definiciones formales de transhumanismo:

1: El movimiento intelectual y cultural que afirma la posibilidad y la deseabilidad de mejorar fundamentalmente la condición humana a través de la razón aplicada, especialmente desarrollando y haciendo disponibles tecnologías para eliminar el envejecimiento y mejorar en gran medida las capacidades intelectuales, físicas y psicológicas.
2: El estudio de las ramificaciones, promesas y peligros potenciales de las tecnologías que nos permitirán superar limitaciones humanas fundamentales, y el estudio relacionado de las materias éticas involucradas en desarrollar y emplear tales tecnologías.

Aunque muchos teóricos y partidarios del transhumanismo buscan aplicar la razón, la ciencia y la tecnología para reducir la pobreza, las enfermedades, las discapacidades y la malnutrición en todo el mundo, el transhumanismo se distingue en su enfoque particular en la aplicación de las tecnologías para la mejora de los cuerpos humanos de forma individual. 

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Los filósofos transhumanistas argumentan que no solo existe el imperativo ético perfeccionista de tratar de progresar y mejorar la condición humana, también es posible y deseable para la humanidad el entrar en una fase de la existencia posthumana, en la que los humanos controlen su propio futuro proceso evolutivo. En tal fase, la evolución natural sería reemplazada por el cambio deliberado.

Algunos teóricos, como Raymond Kurzweil, piensan que el ritmo de la innovación tecnológica se está acelerando y que en los próximos 50 años se puede producir no solo radicales avances tecnológicos, sino, posiblemente, una singularidad tecnológica, que puede cambiar fundamentalmente la naturaleza de los seres humanos. Los transhumanistas que prevén este cambio tecnológico masivo en general sostienen que es deseable, aunque algunos también contemplan los posibles peligros del cambio tecnológico extremadamente rápido y proponernopciones para asegurar que la tecnología avanzada se utilice de manera responsable. Por ejemplo, Bostrom ha escrito mucho sobre el riesgo existencial para el bienestar futuro de la humanidad, incluyendo los riesgos que podrían ser creados por las tecnologías emergentes

Muchos creen que el transhumanismo puede causar mejoramiento humano injusto en muchos ámbitos de la vida, especialmente en el plano social. Esto puede ser comparado con el uso de esteroides, en el que si un atleta los usa en los deportes, adquiere tiene una ventaja sobre aquellos que no lo hacen. El mismo escenario puede ocurrir cuando las personas tienen ciertos implantes neuronales que les da una ventaja en el lugar de trabajo y en los aspectos educativos.

La misma noción y perspectiva de mejoramiento humano y las cuestiones relacionadas despiertan controversia pública. Las críticas al transhumanismo y sus propuestas tienen dos formas principales: los que cuestionan la verosimilitud de las metas transhumanistas (críticas prácticas); y los que cuestionan los principios morales o visión del mundo que sostienen propuestas transhumanistas o subyacentes transhumanismo (críticas éticas en sí). Sin embargo, estas dos corrientes a veces convergen y se solapan, en particular cuando se considera la ética de cambiar la biología humana en la cara de un conocimiento incompleto.

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Los críticos u opositores a menudo ven las metas transhumanistas como amenazas hacia el humanismo o los valores humanos. Algunos también argumentan que la firme defensa de un enfoque transhumanista para mejorar la condición humana podrían desviar la atención y los recursos del cambio social o de problemáticas sociales. A veces, sin embargo, hay fuertes desacuerdos acerca de los principios involucrados, con puntos de vista divergentes sobre la humanidad, la naturaleza humana, y la moralidad de las aspiraciones transhumanistas.

En el libro de 2003 Enough: Staying Human in an Engineered Age, el ético ambientalista Bill McKibben argumentó extensamente contra buena parte de las tecnologías apoyadas por los transhumanistas, incluyendo la elección en la línea germinal, la nanomedicina y las estrategias de prolongación de la vida. Aseguraba que estaría moralmente mal que los humanos modificaran aspectos sustanciales de sí mismos (o de sus hijos) en un intento de superar limitaciones universales como el envejecimiento, la mortalidad, y la limitación biológica de las habilidades cognitivas o físicas. Los intentos demejorarse a sí mismos a través de tal manipulación conllevarían eliminar las barreras que forman el necesario contexto de la experiencia humana y su libertad de elección. Argumenta que en un mundo donde tales limitaciones hubieran sido superadas por la tecnología, la vida humana habría dejado de tener sentido. McKibben afirma que es posible que una sociedad renuncie voluntariamente a ciertas tecnologías y pone por ejemplo la China Ming, el Japón Tokugawa y a los actuales Amish.

Giuseppe Vattino, un partidario del transhumanismo elegido como miembro del Parlamento en Italia, cree que aunque transhumanismo puede hacernos menos humanos, hay consecuencias tanto positivas como negativas. Él cree que transhumanismo hará a las personas “menos sujetas a los caprichos de la naturaleza, como las enfermedades o los fenómenos climáticos extremos”.

Por otro lado, tanto el activista biopolítico Jeremy Rifkin como el biólogo Stuart Newman aceptan que la biotecnología tiene el poder de llevar a cambio profundas modificaciones en la identidad de los organismos. Sin embargo se oponen a la modificación genética de los humanos ante el temor de que se difumine la frontera entre el hombre y su creación.

Más información en:

http://es.wikipedia.org/wiki/Transhumanismo

Biopolítica

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Biopolítica es un concepto que alude a la relación entre la política y la vida. El concepto cobró notoriedad a partir de su desarrollo en la obra de Michael Foucault, por esta razón se le suele considerar como el responsable de la introducción del neologismo en el mundo académico. El Estado no se entiende como una entidad jurídica nacida del contrato social: el Estado debe entenderse como un conjunto de personas que actúan como un organismo único, a la vez espiritual y corpóreo. A partir de ahí, la biopolítica fue definida como la política de la vida biológica y cultural de las sociedades, misma que se materializa en la existencia del Estado. Foucault hizo uso del término por primera vez durante una de las conferencias que dictó en el curso de medicina social de la Universidad del Estado de Río de Janeiro (Brasil) en octubre de 1974. Allí planteaba que el control de la sociedad no se realiza a través de la ideología, sino que requiere del control del cuerpo de los individuos.

Ya entre los siglos XVII y XVII se desarrollan las primeras tecnologías históricas de ejercicio del poder. Consisten en diferentes formas de control sobre la vida de los seres humanos a través de las regulaciones. Esta forma de ejercicio del poder surge cuando las formas de administración del poder en la Edad Media dejan de ser eficaces para hacer de la sociedad una máquina de producción. La biopolítica busca crear una “forma de vida verdadera”, de manera tal que no solo se entiende la biopolítica en temas como identidad, nacionalismo, cosmopolitismo, etc., sino también hacia resistencias como sexualidad, género, etcnicidad, clase, etc.

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El término biopoder es un término originalmente acuñado por el filósofo francés Michel Foucault para referirse a la práctica de los estados modernos de “explotar numerosas y diversas técnicas para subyugar los cuerpos y controlar la población”. Foucault introdujo este concepto en “La voluntad del saber”, el primer volumen de su “Historia de la sexualidad”.

Paolo Virno aplica la dimensión marxista al concepto de biopoder. El capitalista necesita controlar la fuerza productiva; al ser esta una potencia abstracta e inmanente en el sujeto productivo, el cuerpo del trabajador se vuelve de especial interés para el capitalista, el cual necesita controlarlo y reproducirlo.

Más información en:

http://es.wikipedia.org/wiki/Biopol%C3%ADtica

Enlaces de información adicional:

http://es.wikipedia.org/wiki/Michel_Foucault

http://es.wikipedia.org/wiki/Biopoder

http://es.wikipedia.org/wiki/Paolo_Virno

¿La era del tecnofascismo? Por José Mª Bas

El tecnofascismo es un sistema social totalitario que se instaura a través de la tecnociencia, usando medios científicos y tecnológicos. En un sistema tecnofascista, la fascinación de las masas por la ideología es sustituida por la fascinación hacia la tecnología. En el tecnofascismo se describe una acomodación de los individuos y las sociedades que no suele ser violento, pero en donde la sociedad tampoco es partícipe del sentido y los fines de manera totalmente consciente. La adhesión ciega de los individuos hacia lo tecnológico posibilita el despliegue de un control absoluto sobre la sociedad, en cuya fase final se suele situar la manipulación biológica y/o mental de los individuos para lograr una sociedad uniforme y pacificada dirigida bajo los criterios de estados transnacionales o grandes corporaciones de una corporatocracia.

La etimología social del término aparece en los años 70 . El filósofo André Gorz utilizó este término al alertar de que el modelo de crecimiento capitalista vivía una crisis al ser un modelo industrialista y basado en la acumulación. La sobreacumulación y la reproducción causarían carestías de recursos de tipo natural, resultando en una crisis ecológica. No obstante y según Gorz, aunque la crisis ecológica agrave la crisis del capitalismo, éste podrá encontrar nuevas fuentes de negocio en la mercantilización de bienes de tipo natural cada vez más escasos, o en la creación de sustitutos artificiales que den respuesta a las necesidades que el propio capital crea. En este escenario, la gestión de un ambiente empobrecido dejaría a un tecnofascismo como la salida más probable a los límites del crecimiento. En la hipótesis de una evolución hacia un tecnofascismo, las grandes corporaciones industriales ceden el relevo a otras tecnológicas y los estados-nación tienden a desaparecer definitivamente. La principal preocupación de estos supra-entes de control será imponerse en todos los ámbitos de la vida individual y social, utilizando la vigilancia y la invasión de espacios individuales y sociales mediante dispositivos tecnológicos

Sheldon Wolin define al tecnofascismo como un “totalitarismo invertido”, en el cual el poder absoluto no tiene la apariencia de actuar como tal. El tecnofascismo no necesita establecer regímenes políticos, dictaduras militares, campos de concentración, obligar a la uniformidad ideológica ni suprimir a los elementos disidentes siempre que no cobren un perfil demasiado intelectual. En el tecnofascismo, el uso de las telecomunicaciones y de las computadoras se utiliza como medio de vigilancia absoluta, a la vez que se logra la adhesión de la población que percibe una sensación de progreso. La aparente horizontalidad de una sociedad altamente tecnológica sería por tanto una mera apariencia. En este sentido, para Wolin el elitismo es un principio político mediante el cual se asume que la existencia de habilidades desiguales es un hecho ineludible, lo cual la sitúa finalmente en una contradicción con un sistema democrático horizontal.

Lewis Mumford despeja hábilmente la falsa realidad de una realidad social basada en principios de centralización, control, y eficiencia. En 1962 miró hacia el futuro y vio el pentágono del poder encarnado: “una productividad más voluminosa, aumentada por computadores casi omniscientes y por una gama más amplia de antibióticos e inoculaciones, con un mayor control sobre nuestro patrimonio genético, con operaciones quirúrgicas y trasplantes más complejos, con una extensión de la automatización a todas las formas de actividad humana.”

“Tecnofascismo” en la literatura

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La novela 1984 del escritor George Orwell es un referente popular conocido de tecnofascismo, y es utilizada a menudo para trazar paralelismos con los miedos al progreso tecnológico que expresa la sociedad actual. Orwell describe en su novela a una sociedad controlada por medios tecnológicos bajo el dominio absoluto de un partido. También el escritor Aldous Huxley en su novela Un mundo feliz, planteaba una critica velada a la deshumanización implícita en la esclavitud a los incipientes medios tecnológicos de la era industrial. Describía una sociedad perfeccionada pero que necesitaba de una droga llamada Soma para encontrarse mejor anímicamente. El tecnofascismo se enfrentaría por tanto a una etapa en la que deberá suministrar drogas tecnológicas en forma de dispositivos nanotecnologicos o biotecnológicos integrados en Interfaces Mente-Máquina (MMI) para lograr así la pacificación mediante la deshumanización progresiva de los individuos y vencer sus resistencias.

¿LA ERA DEL TECNOFASCISMO?

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En el actual tránsito del capitalismo industrial hacia uno tecnológico ha aumentado el temor a un tecnofascismo que pudiera surgir tanto desde los restos de los estados-nación como de las nuevas grandes corporaciones. Esto se expresa también mediante individuos y organizaciones que denuncian de manera creciente a gobiernos y a grandes corporaciones tecnológicas . Éstos reciben críticas y denuncias reiteradas debido a sus invasiones en la privacidad de los ciudadanos y a sus estrategias de privilegio, manipulación o monopolio en la distribución y el tratamiento de la información que producen las sociedades y que vuelcan a la red de redes.

Cuando contemplamos las múltiples formas que son capaces de tomar los diferentes dispositivos tecnológicos de nuestra era, así como la dependencia actual del ser humano por infinidad de dichos dispositivos y los nuevos y trascendentes avances tecnológicos, surge una pregunta:

¿Se acerca la era de los tecnofascismos? o siendo más radicales, ¿es ésta la era del tecnofascismo?

El ser humano vive, ya sea de forma consciente o inconsciente, en un mundo totalmente globalizado e interconectado, de eso no cabe ya ninguna duda y no es necesario explicar la infinidad de beneficios que ello proporciona. Sin embargo, ¿son todo beneficios? En una época como la actual, la libertad, intimidad e identidad del sujeto son conceptos que penden de un hilo, conceptos que hemos decidido ir menospreciando y sacrificando poco a poco en favor de lo que se considera como progreso y evolución. El futuro es un misterio, y para ello el ser humano se protege en los avances tecnológicos, buscando controlar lo máximo posible su entorno y a aquellos que coexisten en él. 

Como lo describe el cineasta Godfrey Reggio “no utilizamos la tecnología, la vivimos.” Como peces en el agua, no consideramos a los artefactos modernos como separados de nosotros, y por lo tanto no podemos admitir que existan.

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Nos encontramos atados a la cibercultura, hoy en una dimensión donde como seres humanos convivimos con todo lo que acontece en el ciberespacio; es decir, que internet, la telefonía móvil, la radio, la televisión –entre otros tantos medios– llevan a resignificar aquello que acontece en nuestras vidas, al punto de afectarnos como seres humanos en nuestras relaciones y acciones concretas. La educación, la publicidad, los medios de comunicación, la ingeniería social y una represión discreta, selectiva y absolutamente quirúrgica (salvo en los esporádicos estallidos de descontento social) mantienen a la población anulada, desconectada y entretenida en trivialidades inofensivas, que son programadas para consumir sus energías y distraerlos de lo que verdaderamente debería importarles si fuesen todavía capaces de establecer racionalmente sus prioridades. Una legislación increíblemente minuciosa, que no deja el menor resquicio a la espontaneidad, provee al poder de un variado abanico de dispositivos de control aplicables al individuo.

Y nuevamente surge la pregunta, ¿es ésta la era del tecnofascismo? o ¿vamos encaminados hacia ella?

A continuación, haremos un recorrido por diversos de estos nuevos dispositivos de control, así como por el mundo del arte, donde la perspectiva tecnológica también es partícipe.

Más información en:

http://es.wikipedia.org/wiki/Usuario:Sorimi/Tecnofascismo

Enlaces de información adicional:

http://es.wikipedia.org/wiki/Andr%C3%A9_Gorz

http://es.wikipedia.org/wiki/Sheldon_Wolin

http://es.wikipedia.org/wiki/1984_(novela)

http://es.wikipedia.org/wiki/Un_mundo_feliz