Somos seres tecnológicos. (Laura Sanchez)

Adjunto una entrevista realizada por la revista Fedro a José Luis Molinuevo con motivo de su obra “Humanismo y nuevas tecnologías”.

Entrevista a José Luis Molinuevo: “Las tecnologías no están fuera, sino dentro: somos seres tecnológicos.” Con motivo de la reciente publicación de Humanismo y Nuevas Tecnologías (Alianza: Madrid, 2004) de José Luis Molinuevo, la revista FEDRO ha querido compartir con su autor un interesante diálogo, que ofrecemos a continuación a nuestros lectores, en torno a las virtualidades, nunca mejor dicho, que la extensión de los nuevos medios técnicos están propiciando en el ámbito de la reflexión filosófica y estética. A pesar de que una larga tradición tecnofóbica ha pretendido establecer un antagonismo radical entre humanismo y tecnologías, un análisis más profundo de esa itinerancia histórica vendría a demostrar que desde el mito de Prometeto, quizás lo único que resulta evidente sobre el ser humano es precisamente que es un ser tecnológico. Desde la asunción de este enfoque José Luis Molinuevo demuestra que no sólo es posible armonizar la humanitas y la técnica sino que a partir de ellas es posible formular con rigor metodológico una propuesta integral de lo que él denomina humanismo tecnológico. Queremos pues expresar nuestro más sincero agradecimiento al profesor José Luis Molinuevo, Catedrático de Estética en la Universidad de Salamanaca y autor, entre otros, de títulos como La experiencia estética moderna, Leer a Ortega, y La ambigüedad de lo originario en Martin Heidegger, por la amabilidad con la que ha querido compartir sus ideas con nuestros lectores. REVISTA FEDRO: Ya en el siglo pasado tanto Ortega como Heidegger, bien es verdad que desde valoraciones en gran medida antagónicas, supieron apreciar las interconexiones por así decirlo estructurales entre técnica y humanismo. Sin embargo, en determinados ámbitos, entre los que tú citas por ejemplo a la Nueva Izquierda, la técnica se percibe como un fenómeno esencialmente deshumanizador. ¿Cómo crees que se ha podido llegar a esa incompatibilidad entre ambos términos? JOSÉ LUIS MOLINUEVO: Con la posible excepción de Ortega, lo cierto es que la generación del 14 mira con recelo el fenómeno de la técnica. En Heidegger hay dos fases. La primera, entusiasta, corresponde al nihilismo activo que preconizará el nazismo, fase poco estudiada y evitada; y la segunda, en la que la relación entre el arte y la técnica es fundamental, y llena de lúcidos análisis. En el intermedio está el rechazo del humanismo (al menos el histórico) y su asimilación a subjetivismo, modernidad, metafísica, nihilismo y la técnica como producto suyo. De ahí que proponga la necesidad de su superación, en definitiva, de la filosofía misma a favor del pensamiento. Heidegger difiere, entre otras cosas, de la Escuela de Frankfurt en que no tiene en esa segunda época una concepción instrumental, humanista y subjetivista de la técnica, sino que la inserta en el destino de la manifestación epocal del Ser. La crítica a la razón instrumental de Horkheimer y Adorno es un capítulo negativo para la comprensión de las nuevas tecnologías desde la Teoría Crítica. Ahora bien, lo cierto es que cada vez se Fedro, Revista de estética y teoría de las artes. Número 2, noviembre 2004. ISSN 1697 – 8072 4 presta más atención a otros escritos, en particular de Adorno, en los que siguiendo a Benjamin, permite una visión distinta del tema, centrándose en el papel social del cine. Ello permitiría enlazar con el humanismo ilustrado de Horkheimer, tal como propone en la última actualización de la Teoría Crítica. La Nueva Izquierda, la surgida del rechazo de la política de bloques, que toma préstamos intelectuales de Heidegger (la famosa “izquierda heideggeriana” de Sloterdijk) y de los frankfurtianos, mantiene el tópico del determinismo y deshumanización de la técnica, que propiciaría el advenimiento de la sociedad administrada. Creo que la crítica de Marcuse a la tecnocracia juega ahí un papel decisivo. A ello se añade que la concepción de la técnica en el “humanismo comunista” propuesto por Marx en los Manuscritos de Economía y Filosofía, resulta más que problemática. Para mí, la expresión “deshumanización de la técnica” en boca de la Nueva Izquierda tiene un carácter edificante, muy presente, por otra parte, en los predicadores laicos que la integran. R.F.: En tu libro, entroncando explícitamente con la perspectiva de Ortega, se propone una idea de la técnica claramente instrumental, que se rebela contra interpretaciones de carácter esencialista, tales como las del propio Heidegger, la Escuela de Franckfurt o lo que tú denominas muy acertadamente como tecnorromanticismo. ¿Crees realmente posible que con el grado de desarrollo tecnológico alcanzado aún sea posible el control de los medios por parte de los individuos y no al contrario, tal y como apuntan muchas de las profecías de la ciencia ficción que analizas en el libro? J.L.M.: Las “distopías críticas” tienen el inestimable valor de proyectar en el futuro problemas del presente. Ahora bien, planteamientos como el pesimismo final marcusiano no deben llevarnos a una visión crítica de la sociedad que se instale en un bloqueo teórico y práctico imposibilitador de cambios, al menos parciales. Me gusta la propuesta de Leary de sustituir “controlar” por “pilotar” en referencia a las posibilidades que tenemos con las nuevas tecnologías. Sigo pensando que todo depende de nosotros, y que lo único deshumanizador en las tecnologías son los seres humanos deshumanizados que deshumanizan a otros. Las tecnologías no están fuera, sino dentro: somos seres tecnológicos. R.F.: Esa tecnofobia que caracterizaría a las tendencias de la Nueva Izquierda parece ser compartida igualmente por la derecha conservadora en asuntos como la investigación genética por ejemplo. ¿Podría esto considerarse como un síntoma revelador de que los conceptos decimonónicos de progresismo y conservadurismo corresponden ya a realidades históricas que no son las nuestras? J.L.M.: Aquella derecha e izquierda se pusieron de acuerdo (aunque por razones diversas) en asimilar tecnología a tecnocracia y totalitarismo. Flaco servicio a la causa de la clarificación. Como contrapartida a modernas y aterradoras limpiezas de sangre y étnicas, no estaría mal emprender hoy por parte de los intelectuales una limpieza lingüística. En el sentido (no se me interprete mal) de volver a consensuar el significado básico de algunas palabras. Por simplificaciones como las mencionadas, la palabra “moderno” sufrió un auténtico descrédito en esa izquierda que llamaríamos “híbrida”. Su apoteosis tuvo lugar en la pirotecnia lingüística de la posmodernidad. A la pobre modernidad se le hizo culpable de todas las fechorías, antes y después de Auschwitz. En 5 esa línea tampoco estuvo muy acertado Adorno cuando atribuyó esa monstruosidad al pueblo de los “pensadores y poetas”, como si los animales de los nazis fueran sus representantes. Las simplezas derivadas de semejantes simplificaciones han hecho (junto con otros hechos más graves) que la palabra “modernidad”, y lo que le acompañó, sea un testigo que ha caído de manos de la izquierda…y que ha recogido encantada la derecha. Triste sino, cuando hoy día ni los autores del invento quieren oír hablar de la posmodernidad. Por el contrario, y como declaraba uno de los más importantes arquitectos, es un placer trabajar con la derecha, pues da carta blanca al artista de vanguardia, con tal de que el edificio sea incomparable, y la admiración de todos. La proliferación indiscriminada de museos de Arte Contemporáneo debería hacer también reflexionar. Efectivamente, es en las biotecnologías donde se observa de manera muy notable ese desfase de conceptos del que habláis. Por poner un ejemplo: si hemos descubierto, y podemos controlar el código genético, ¿en qué sentido podemos hablar ya de que somos seres “naturales”?, ¿cabe hoy plantear la tercera antinomia kantiana entre “naturaleza” y “libertad”? R.F.: Uno de los temas importantes que planteas es la posibilidad, gracias a las nuevas tecnologías, de lo que podríamos designar como un retorno al sujeto, si bien un sujeto cuya constitución sería muy diferente de la del sujeto de la modernidad. ¿Cuáles serían los caracteres de este “sujeto tecnológico”? Y, siendo la realidad de ese sujeto predominantemente virtual, ¿no cabe el peligro de una recaída en una especie de idealismo? J.L.M.: Después de “la muerte del sujeto” vemos que el interfecto goza de una espléndida salud. Creo, como apunto en el libro, que se trata de preservar lo mejor de la herencia de la modernidad plural: el individuo. Si la estética es una teoría de la sensibilidad solidaria, entonces, se trata de un individuo solidario. Como individuo está radicado espacio y temporalmente, gracias a su cuerpo. A diferencia de los planteamientos idealistas, podemos ir, vamos ya de hecho, a una cultura háptica, de experiencias sinestéticas. R.F.: Siguiendo con los riesgos de idealismo que se derivan de los fenómenos virtuales, y a propósito de la sugestiva expresión “sublime tecnológico” que utilizas en alguna ocasión, cabría preguntarse, ¿cómo es posible ese sentimiento de lo sublime sin una realidad física que lo haga posible? ¿No sería, en cierta forma, ese sublime tecnológico un mero simulacro digitalizado de lo sublime natural? J.L.M.: Es cierto que la base de una parte de las tecnologías es idealista. En concreto, tecnorromántica. A ello pertenece la categoría estética de lo sublime tecnológico, que nace de aplicar a las tecnologías el papel de la naturaleza en lo sublime natural. Es más, lo sublime tecnológico (como ocurre con lo sublime tecnológico americano) borra las fronteras entre la naturaleza y lo tecnológico. Las experiencias del Land Art son un ejemplo de ello. También lo encontramos en las propuestas de las tecnologías digitales, que nos proporcionan (en mi libro pongo varios ejemplos) una nueva relación con la naturaleza, sin sustituirla. Para mí han sido verdaderamente impactantes a este respecto las confesiones autobiográficas de Heim. 6 El narcisismo tecnológico del control, que hay en algunas experiencias de lo sublime tecnológico, no debería alejarnos de la posibilidad de “pilotarlas”. Al fin y al cabo, la insistencia (que no la prevención) machacona en los peligros del simulacro es cosa de narcisos, que confunden, que se confunden con otro. Pero en esto, como en otras cosas. R.F.: Mencionas en el libro cierto conservadurismo estético en las creaciones artísticas de las nuevas tecnologías. ¿No crees que, efectivamente, al intentar estas creaciones elevarse al status de “arte” terminan cayendo en una especie de esteticismo regresivo y, a la postre, en un incumplimiento de sus potencialidades de originalidad creativa? J.L.M.: Sí, estoy de acuerdo. El fenómeno del esteticismo, del carácter estético de la realidad, es el fin mismo del arte, el más peligroso, en la época de las tecnologías. Si todo es arte, no hay arte. Y algo de eso sucede cuando se dice que lo mejor de la televisión son los anuncios, los videoclips, que son verdaderas obras de arte. Al nivelar la creación artística, en la venta de productos de mercado y en la posible dimensión orientadora del arte, se pierden buena parte de sus potencialidades. Otra cosa es que haga falta revisar a fondo los tópicos de Alta Cultura, de Gran Arte y de cultura de masas. Lamentablemente, el progreso tecnológico no va acompañado de un progreso estético. En esto, la rutina tecnorromántica sigue omnipresente. R.F.: Enlazando con lo anterior: ¿crees que las nuevas tecnologías pueden aportar algo en el plano de la creación artística, toda vez que el arte como actividad, por así decirlo, metafísica, ha caído en una suerte de descrédito histórico? J.L.M.: Creo que las nuevas tecnologías no sólo propician una nueva forma de hacer arte, sino también una nueva forma de concebir el arte mismo. Ya no se trata sólo de la producción de obras, sino de la creación de nuevas realidades. Es el caso de las imágenes digitales. En ellas vuelve la concepción renacentista del artista ingeniero, del humanista para quien el ars es siempre un saber hacer. R.F.: Por otra parte, esa estetización de la realidad, en el sentido de Benjamin, que pueden propiciar las nuevas tecnologías, ¿no comportarían un peligro cierto de totalitarismo, tal y como se recoge en “Matrix” y otras películas por el estilo? ¿Cuáles podrían ser los mecanismos de resistencia sin la existencia de un concepto fuerte de Realidad? J.L.M.: Ciertamente, si enfocamos las tecnologías desde la modernidad anglosajona, ese peligro existe. Tomándolas como un diagnóstico del presente, más que como un pronóstico fatalista del futuro, esas películas nos indican que es preciso revisar la tradición occidental de “cultura de la sospecha” en la que estamos insertos. Y que se pone de manifiesto en las escisiones paranoicas del lenguaje a las que aludía antes. He tratado de contraponer a ello una modernidad latina, de fidelidad a nuestro tiempo y las cosas, que pasa por una cierta aceptación de lo real, para poder comprenderlo. No desconozco que, desde el mito platónico de la caverna, la realidad no es término de una comprensión sino fruto de una decisión. Por ello, es necesario hablar de diferentes modelos y niveles de realidad. Al fin y al cabo, desde Kant ya sabemos que la realidad es una categoría. 7 R.F.: Te rebelas contra concepciones deterministas del futuro tecnológico y propones la alternativa de un humanismo que, entroncando con el ideal de la Ilustración, sea capaz de emprender una “crítica de la imagen pura” ¿Cómo se podría llevar a cabo esta crítica desde la propia imagen? ¿No sería necesario para ello un, por así decirlo, retroceso al lenguaje, que seguiría por tanto configurándose como el verdadero criterio de justificación? En otras palabras, ¿hasta qué punto puede una propuesta humanista elevar la imagen a un rango de primordialidad? J.L.M.: Obviamente, la propuesta de una “crítica de la imagen pura” es una paráfrasis de la “crítica de la razón pura” de Kant. Enlazando con la pregunta anterior, creo que reconocer el carácter relativo de la realidad no lleva necesariamente a un relativismo posmoderno. Por el contrario, la propuesta de una estética cognitiva de las nuevas tecnologías se aparta de ello, y es una estética eminentemente afirmativa, no de la denuncia o de la renuncia. Como estética de transición que aspira a ser transitiva, toma necesariamente de los “excedentes culturales” de los que estamos culturalmente hechos. Uno de ellos es Kant. Me pregunto que si para él la imaginación es la facultad de la síntesis, del conocimiento, no cabría hoy, en la era digital, hacer una crítica de la imagen pura, de sus pretensiones, con el objetivo de llegar a un pensamiento en imágenes. ¿Podemos orientarnos hoy en imágenes? Los tres relatos de la condición humana, el cristiano, el platónico y el nihilista, nos dicen que somos imágenes, que pensamos y creamos a través de ellas. Bien, pero ¿hasta dónde podemos llegar con ello?, ¿cuáles son los límites?. R.F.: Al final del libro se aprecia una suerte de dialéctica entre una estética de la ilimitación y una ética del límite. El tema del límite presupone el problema del poder, un elemento omnipresente a lo largo de todo el libro, pero no expresamente tematizado. Podría decirse que quien ostenta el poder es quien impone los límites: ¿quién ostentaría el poder de los límites en el imperio de lo virtual? J.L.M.: El tema del límite es el núcleo de lo que entiendo como modernidad latina. Tiene, entre otras fuentes de inspiración, la “estética de la limitación” de Ortega y, más recientemente, algunos análisis de Eugenio Trías. Para mí, lo ilimitado, no el límite en sí mismo, es la figura del poder. Es desde lo ilimitado y sus figuras cambiantes de poder absoluto, desde lo que se ha puesto límites, y se ha limitado el ser humano mismo. Pero en sentido negativo. Lo virtual aparece así como el campo de lo ilimitado, desde el que se ponen límites a los seres humanos. ¿Quiénes lo hacen? Tienen nombres, fácilmente localizables. La pregunta, entonces, no es la metafísica tradicional, ¿qué hay detrás de las imágenes?, sino ¿por qué me ofrecen/imponen estas imágenes y no otras? Quizá, y en un sentido muy modesto, la posibilidad de hacer las cosas de otra manera empieza por hacer otro tipo de imágenes, por ser de otra manera. La noción positiva de límite es la piel de las nuevas tecnologías. En este caso, de correo electrónico, como lugar de encuentro, de contacto, que ha propiciado esta agradable, y espero que clarificadora, conversación, por lo que os estoy agradecido. REDACCIÓN FEDRO